«Padre, mi hijo se fue para otra iglesia». «Padre, mi comadre dice que allá se siente mejor, que la música es más alegre, que el pastor predica con más fuego». Estas frases se repiten hoy en las afueras de nuestras parroquias, en las salas de nuestras casas, en las conversaciones de sobremesa. No las digo con desprecio ni con burla: las digo con dolor, porque detrás de cada una de ellas hay una persona bautizada que se aleja, y detrás de cada persona que se aleja hay una historia que merece ser escuchada.

Pero escuchar no es lo mismo que callar. Y quien tiene el encargo de enseñar tiene también el deber de decir, con claridad y con caridad, algo que hoy se ha vuelto incómodo: la Iglesia que Jesucristo fundó sobre los Apóstoles no es una entre muchas opciones religiosas igualmente válidas, que se escogen como se escoge un restaurante o una emisora de radio. El Concilio Vaticano II lo formuló con una expresión muy pensada y muy precisa: la única Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los obispos en comunión con él.
«Esta Iglesia, constituida y ordenada en este mundo como una sociedad, subsiste en la Iglesia católica, gobernada por el sucesor de Pedro y por los Obispos en comunión con él».(Concilio Vaticano II, Lumen gentium, 8)
El verbo escogido no fue «es» a secas, ni tampoco «está en alguna parte». Fue subsiste. Con ello los Padres conciliares afirmaron dos cosas a la vez, y hay que sostener las dos si queremos ser fieles a la verdad. La primera: la Iglesia de Cristo permanece, subsiste, tiene su existencia concreta y permanente en la Iglesia católica; allí está entera, con todos los medios de salvación que Cristo quiso dejarnos. La segunda: fuera de sus límites visibles se encuentran también elementos verdaderos de santificación y de verdad —la Sagrada Escritura, el bautismo válido, la fe en Cristo, el amor sincero a Dios— y esos elementos son dones que pertenecen por derecho a la Iglesia de Cristo y empujan hacia la unidad católica. Por eso reconocemos con respeto y con gratitud lo bueno que hay en nuestros hermanos separados. Pero reconocer lo bueno que hay en otras comunidades no equivale a decir que da lo mismo dónde uno esté.
Deseo compartir esta reflexión con el propósito ayudar a pensar en esa diferencia. Está escrito para ti, que quizá estás dudando, o que quizá tienes a alguien cercano que ya se fue. Recorreremos cinco pasos: los motivos secundarios por los que la gente se va; lo que significan las cuatro notas que confesamos en el Credo; la tentación de abandonar a Cristo por el pecado de uno de los suyos; el tesoro incomparable de los sacramentos, y sobre todo de la Eucaristía; y, finalmente, el regalo de la compañía de María.
I. Los motivos secundarios
Comencemos con honestidad. Cuando uno pregunta a quien se ha marchado por qué lo hizo, las respuestas suelen ser muy parecidas, y casi nunca son doctrinales. Rara vez alguien dice: «me fui porque estudié la cuestión de la justificación y me convencí de la postura luterana», o «me fui porque llegué a la conclusión de que el primado de Pedro es una invención del siglo IV». Lo que se escucha es otra cosa:
- «Allá la música me levanta el ánimo; aquí los cantos son tristes y nadie canta».
- «Allá el pastor predica con emoción, con ejemplos, y me toca el corazón; aquí la homilía es fría y no la entiendo».
- «Allá me recibieron con un abrazo, me llamaron por mi nombre, me preguntaron cómo estaba; aquí llevo veinte años sentándome en la misma banca y nadie sabe cómo me llamo».
- «Allá hay grupos, actividades, apoyo; me ayudaron cuando estaba en necesidad».
Hay que decirlo sin rodeos: en muchos de esos reclamos hay una verdad que nos interpela y que debe avergonzarnos. Una liturgia celebrada con desgana, una homilía sin preparación, una comunidad fría que no acoge al que llega, una parroquia que funciona como oficina y no como familia, son pecados nuestros, no de quien se va. El Concilio pidió que los fieles participaran en la liturgia conscientes, activos y fructuosamente; cuando eso no ocurre, la culpa no siempre es del que se aburre. Antes de juzgar al que se marcha, examinémonos los que nos quedamos: sacerdotes, catequistas, ministros, coros, consejos parroquiales, vecinos.
Dicho esto con toda sinceridad, hay que añadir enseguida lo otro, que es lo decisivo. Todos esos motivos, por reales que sean, son motivos secundarios. Y el drama consiste en abandonar lo esencial por lo secundario.
La emoción no es la fe
La música hermosa, la predicación vibrante, el calor humano de un grupo, son bienes verdaderos. Pero son bienes que dependen de las personas, del momento y del talento disponible. Un coro brillante puede disolverse; un predicador elocuente puede enfermar, cansarse o caer; el entusiasmo de un grupo puede enfriarse en dos años. Si mi fe se apoya en lo que siento el domingo por la mañana, mi fe está construida sobre la arena de mi propio estado de ánimo.
Los sacramentos, en cambio, no dependen de eso. La Eucaristía es el Cuerpo y la Sangre de Cristo tanto si el organista afinó como si no; la absolución perdona los pecados tanto si el confesor fue elocuente como si fue parco. Esto es lo que la tradición expresó al decir que los sacramentos obran ex opere operato, «por la obra realizada»: su eficacia no proviene de la santidad ni del carisma del ministro, sino de Cristo que actúa en ellos. No es un tecnicismo frío: es una de las misericordias más grandes que Dios nos ha hecho, porque significa que mi salvación no queda a merced de la calidad artística de mi parroquia ni del temperamento de mi párroco.
Preguntémonos entonces, con toda seriedad: ¿voy a Misa para sentirme bien, o voy para recibir a Cristo? Son dos preguntas muy distintas, y de la respuesta depende si mi vida cristiana descansa sobre una roca o sobre una emoción. Si busco sentirme bien, tarde o temprano encontraré un lugar donde me sienta mejor, y tarde o temprano también ese lugar me decepcionará. Si busco a Cristo, ya sé exactamente dónde se me ha prometido que lo encontraré.
II. Lo que confesamos cada domingo: Una, Santa, Católica y Apostólica
Cada domingo, de pie, decimos juntos: «Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica». Lo decimos con tanta frecuencia que corremos el riesgo de recitarlo sin escucharnos. Sin embargo, en esas cuatro palabras está contenido el criterio con el que la Iglesia antigua discernía dónde estaba la verdadera Iglesia de Cristo. No son adjetivos decorativos: son notas, es decir, señales reconocibles. Y no las produce el esfuerzo de los hombres; brotan de Cristo mismo y son, a la vez, don recibido y tarea encomendada.
Una
Cristo no fundó iglesias, sino Iglesia. Pidió al Padre que todos fueran uno, y unió la credibilidad misma del Evangelio a esa unidad: «que todos sean uno… para que el mundo crea» (Jn 17, 21). Esa unidad no es solamente un sentimiento de simpatía entre cristianos: es unidad de fe, de sacramentos y de gobierno pastoral, sostenida por el ministerio de Pedro y de los obispos. Cuando alguien se marcha a una comunidad que a su vez nació de otra división, y que probablemente se dividirá de nuevo, no se acerca a la unidad de Cristo: se aleja un paso más de ella. Las divisiones entre cristianos, dijo el Concilio, contradicen abiertamente la voluntad de Cristo y escandalizan al mundo. Sumar una división más nunca ha curado a nadie.
Firmemente creo que el Maligno promueve la división. División interna de las personas, división en la familia, división en la sociedad y división en la Iglesia. La frase «divide y vencerás» que se atribuye tradicionalmente a Filipo II de Macedonia (382–336 a. C.), padre de Alejandro Magno y aplica muchas veces a la estrategia de ataque contra la Iglesia de Cristo. Pero como ha sido proclamado en el evangelio: “Los poderes del infierno no prevalecerán sobre ella.” (Mateo 16:19)
Santa
Aquí conviene ser muy exacto, porque muchas heridas nacen de un malentendido. La Iglesia es santa no porque sus miembros sean impecables, sino porque su Cabeza es Cristo, porque el Espíritu Santo habita en ella y porque posee en plenitud los medios de santificación. Es, a la vez, santa y necesitada de purificación, y por eso no cesa de hacer penitencia. Quien entra en la Iglesia buscando un club de perfectos se equivocó de puerta: entró en un hospital de campaña y esperaba encontrar un gimnasio de atletas. Los santos —y cada parroquia ha conocido los suyos, aunque nadie los haya canonizado— son la prueba viva de que esa santidad es real y no teórica.
Católica
«Católica» significa según la totalidad, universal. Doblemente: porque en ella está la plenitud de los medios de salvación que Cristo quiso dejarnos, y porque está enviada a todos los pueblos, de toda raza, lengua y cultura. Es la misma fe la que se profesa en Coamo y en Manila, en Roma y en Kinshasa; la misma Eucaristía, el mismo bautismo, el mismo Credo. Esa amplitud es una gracia enorme: significa que ningún grupo, ninguna nación, ningún líder carismático es dueño de la fe. Nadie la inventó ayer y nadie puede reescribirla mañana a su gusto.
Apostólica
La Iglesia está edificada sobre el fundamento de los Apóstoles; conserva y transmite su enseñanza; y sigue siendo gobernada por sus sucesores, los obispos en comunión con el sucesor de Pedro. Aquí está, quizá, la diferencia más concreta y más comprobable. Cuando el católico recibe la absolución o comulga, está unido por una cadena ininterrumpida de imposición de manos que llega hasta el Cenáculo. No se trata de orgullo institucional; se trata de garantía: la fe que yo recibo no es la interpretación privada de un predicador nacido en el siglo XIX o en el XX, sino la fe entregada por los Apóstoles y custodiada durante dos mil años.
Pongámoslo en términos sencillos. Si estas cuatro notas son las señales que Cristo dejó para que su Iglesia fuera reconocible, entonces la pregunta al escoger comunidad no puede ser «¿dónde me siento mejor?», sino «¿dónde está la Iglesia que Él fundó?». La primera pregunta la responde el gusto; la segunda, la fe.
III. El escándalo: Judas no dice nada de Cristo
Llegamos ahora al motivo más doloroso y más comprensible de todos. Hay quien no se fue por la música ni por las homilías, sino porque le hirieron. Un sacerdote que traicionó su ministerio. Un dirigente parroquial deshonesto. Un obispo que encubrió cuando debía proteger. Una catequista hiriente, un consejo parroquial convertido en centro de murmuración y difamasión, una puerta cerrada en el peor momento de una vida. Ante esa realidad no cabe minimizar, ni cambiar de tema, ni salir con excusas: el pecado en la Iglesia es real, ha hecho un daño inmenso, y es sobre todo un daño hecho a las víctimas, que merecen verdad, justicia, reparación y escucha antes que cualquier discurso.
Pero precisamente por eso conviene mirar con cuidado la conclusión que se saca del escándalo. Hagamos memoria del Jueves Santo. Uno de los Doce —elegido por Cristo mismo, testigo de los milagros, enviado a predicar, presente en la Última Cena— vendió al Maestro por treinta monedas y lo entregó con un beso. No hay traición peor concebible en la historia. Y ahora hagámonos la pregunta decisiva:
¿Qué nos dice la traición de Judas acerca de Jesucristo?
Absolutamente nada. No dice que Cristo fuera menos santo, ni menos verdadero, ni menos Salvador. La traición de Judas no habla de Cristo: habla de la miseria de Judas. El pecado del discípulo pertenece al discípulo; no contamina la verdad del Maestro.
Imaginemos por un momento que los otros once hubieran razonado como razonamos hoy: «Si uno de nosotros era capaz de esto, todo esto es mentira; nos vamos». Habrían abandonado al único que los podía salvar, y lo habrían hecho por culpa del único que los había traicionado. Habrían dejado que Judas les robara, además del Maestro, la salvación. No lo hicieron. Se quedaron —temblando, huyendo, negando, escondidos en el Cenáculo con las puertas cerradas— pero se quedaron. Y al tercer día el Resucitado entró por esas puertas cerradas y les dijo: «Paz a vosotros».
El mismo razonamiento vale hoy. Que un ministro haya pecado gravemente no prueba que la Eucaristía no sea el Cuerpo de Cristo; prueba que ese hombre traicionó lo que administraba. Que un dirigente haya robado no prueba que el Evangelio sea falso; prueba que no lo vivió. El escándalo nunca es un argumento contra la fe: es un argumento contra el que escandaliza, y una llamada urgente a la reparación, a la justicia y a la purificación. Y aquí hay que añadir algo que a veces se olvida: exigir esa justicia, reclamar transparencia, acompañar a las víctimas y trabajar por la reforma es, precisamente, quedarse. Es amar a la Iglesia lo suficiente como para no resignarse a su herida.
Además, seamos realistas: el pecado no es una exclusividad católica. Quien se va escandalizado descubrirá, tarde o temprano, que también en la otra comunidad hay ambición, hay dinero mal administrado, hay líderes que caen. La diferencia no está en encontrar por fin un lugar sin pecadores —ese lugar no existe bajo el sol—, sino en saber dónde está el remedio del pecado. Y ese remedio tiene un nombre muy concreto: los sacramentos.
IV. El tesoro más grande: los sacramentos y, en ellos, la Eucaristía
Supongamos, para argumentar, lo peor: que la música fuera pobre, la homilía mediocre, la comunidad fría y el párroco insoportable. Aun en ese caso, ¿qué habría en la parroquia que no hay en ningún otro lugar del mundo? La respuesta es sencilla y desconcertante: Cristo mismo, realmente presente, entregado en alimento.
Los sacramentos no son gestos simbólicos con los que la comunidad expresa sus sentimientos religiosos. Son signos eficaces de la gracia, instituidos por Cristo y confiados a su Iglesia, por los cuales se nos dispensa la vida divina. En el bautismo somos realmente hechos hijos de Dios. En la confirmación recibimos realmente el don del Espíritu. En la confesión los pecados son realmente perdonados —no declarados perdonados en general, sino perdonados aquí, hoy, los míos, con nombre y apellido, por una palabra dicha en nombre de Cristo—. En el matrimonio dos bautizados son realmente unidos por Dios y reciben la gracia para amarse cuando ya no baste el sentimiento. En la unción, el enfermo recibe realmente la fuerza de Cristo en el momento de la fragilidad. En el orden sacerdotal, un hombre es realmente configurado con Cristo Cabeza para que el pueblo tenga Eucaristía y perdón.
Y en el centro de todo, la Eucaristía. El Concilio la llamó fuente y cumbre de toda la vida cristiana: fuente, porque de ella brota todo lo demás; cumbre, porque hacia ella tiende todo lo demás. La Iglesia cree, con la fe firme que se remonta a la Última Cena y que la Tradición ha custodiado sin fisuras, que después de la consagración el pan y el vino son verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, el alma y la divinidad de Jesucristo.
«Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre». (Juan 6: 51)
Recordemos lo que ocurrió cuando Jesús dijo estas palabras en Cafarnaúm. Muchos discípulos se escandalizaron: aquel lenguaje les resultaba duro e inaceptable, y se marcharon. Jesús no los persiguió para suavizar lo dicho; no rebajó la afirmación para retener a la multitud. Se volvió a los Doce y les preguntó si también ellos querían irse. Y Pedro respondió con la frase que debería estar grabada en el corazón de todo católico tentado de marcharse: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:68).
Ésa es exactamente la pregunta de hoy. ¿A quién iremos? Se puede encontrar mejor música en otra parte. Se puede encontrar predicación más emotiva, grupos más cálidos, actividades mejor organizadas, estacionamiento más cómodo. Lo que no se encuentra en ninguna otra parte es la Eucaristía. Quien deja la Iglesia católica por la música cambia el Pan vivo bajado del cielo por un buen concierto. Quien la deja por la predicación cambia la presencia real de Cristo por veinte minutos de elocuencia humana. Dicho así suena duro, pero es simplemente la verdad puesta en la balanza.
Y hay algo más que conviene decir con delicadeza. En las comunidades cristianas nacidas de la Reforma, por falta de sacramento del orden, no se ha conservado la sustancia genuina e íntegra del misterio eucarístico. Se afirma con respeto sincero por la fe de tantos hermanos y por su amor real a Cristo. Pero es un dato que quien se marcha debería conocer antes de dar el paso, porque está renunciando a algo que después no podrá recibir allí. Nadie cambia de casa sin saber qué deja atrás; mucho menos debería hacerlo en esto.
V. El regalo para la lucha: la compañía de María
Queda un último don, y no es el menor. Desde la cruz, Jesús miró a su Madre y al discípulo amado y dijo: «Mujer, ahí tienes a tu hijo… Ahí tienes a tu madre» (Juan 19:26-27). La Tradición ha leído siempre en ese momento algo más que un arreglo familiar: en Juan estábamos todos nosotros. Cristo nos dejó a su Madre como madre nuestra, y el discípulo la recibió en su casa. Quien se aparta de la Iglesia se aparta también de esa compañía, y muchas veces ni siquiera se da cuenta de lo que está dejando.
Volvamos a Caná. Era una boda de gente sencilla, y se acabó el vino: un pequeño desastre doméstico, el tipo de problema que a nadie le parece digno de molestar a Dios. Nadie se lo pidió a Jesús. Nadie reclamó un milagro. Fue María quien se dio cuenta antes que nadie, porque una madre se da cuenta de lo que falta en su casa; y fue María quien se acercó al Hijo con cuatro palabras que no piden nada, que no exigen nada, que simplemente exponen: «No tienen vino» (Juan 2:3). Y después se volvió a los sirvientes y dijo lo único que se le conserva como enseñanza: «Haced lo que él os diga» (Juan 2:5).
Eso mismo sigue haciendo hoy. Ella conoce nuestras casas mejor que nosotros y se da cuenta de lo que falta antes de que sepamos nombrarlo. Y se acerca al Hijo con la misma sencillez de entonces:
«Hijo, se sienten solos». «Hijo, están desesperando». «Hijo, el mundo los ahoga». «Hijo, a éste se le acabó el trabajo». «Hijo, aquella madre lleva años llorando por un hijo que no vuelve». «Hijo, no tienen vino».
Esto es lo que significa el rosario que tantas veces rezamos de carrerilla, y la devoción popular que algunos miran por encima del hombro: significa que en la lucha de cada día no estamos solos, que hay una Madre atenta que intercede, que lleva nuestras miserias al Hijo y que nos repite al oído la única instrucción que necesitamos: haced lo que él os diga.
El mundo de hoy ahoga de verdad. Ahogan la prisa, las deudas, la violencia, la soledad de los ancianos, la ansiedad de los jóvenes, la fragilidad de tantas familias, la sensación de que todo se desmorona. En esa lucha, Dios no nos ha dejado con las manos vacías: nos ha dado su Palabra, nos ha dado su Cuerpo en la Eucaristía, nos ha dado el perdón siempre disponible, y nos ha dado a su Madre. Dejar la Iglesia es alejarse de ese arsenal completo. Es entrar en la batalla renunciando voluntariamente a las armas que el Señor puso en nuestras manos.
Conclusión: quédate, y quédate para edificar
Recapitulemos lo andado. La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica: allí están, íntegros, los medios de salvación que Él quiso dejarnos. Las cuatro notas que confesamos en el Credo —una, santa, católica y apostólica— son las señales que Él mismo dejó para reconocerla. El pecado de sus miembros, por grave que sea, no dice nada contra Cristo, igual que la traición de Judas no dijo nada contra Cristo. El tesoro que ella custodia —los sacramentos y, en su centro, la Eucaristía— no se encuentra en ningún otro lugar. Y la compañía de María es el regalo que Dios nos dio precisamente para la lucha.
Por todo eso, la conclusión no puede ser otra: no se deja la casa del Padre por la música del vecino.
Pero quedarse no significa quedarse quieto. Si la Iglesia es también nuestra —y lo es, por el bautismo—, entonces cada uno de nosotros es responsable de que nadie tenga que irse buscando calor. Cuida el canto de tu parroquia. Acércate al que llega solo y pregúntale su nombre. Forma parte de un grupo de oración o de servicio, y si no lo hay, ayuda a crearlo. Estudia tu fe, para poder responder con razones y no solo con sentimientos. Exige, cuando haya que exigir, transparencia y justicia, y acompaña a quien ha sido herido. Y, sobre todo, vuelve cada domingo al altar, porque allí está la razón de todo lo demás.
Y si tienes cerca a alguien que ya se fue, no discutas con él: quiérelo, escúchalo, y muéstrale con tu vida el vino que aquí no se acaba. A los hermanos de otras confesiones, respeto sincero y colaboración leal en todo lo bueno; nunca desprecio. Pero a ti, católico que dudas, te digo con la sencillez de Pedro: Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna.
P. Fernando Torres Lanause