La Cuaresma es un camino de purificación, un recorrido que nos ofrece la posibilidad de liberarnos de todas las incrustaciones que la vida, el mundo, el amor y la muerte han esparcido inexorablemente sobre nuestra alma. Aunque no nos demos cuenta, bajo las capas de escombros que pesan sobre nuestro corazón, vive en nosotros la imagen del Hijo: hay un hombre nuevo que se agita y tiembla por luchar, con las armas de la luz, contra el hombre viejo sentado en el cómodo sillón del egoísmo. La Cuaresma es una oportunidad para hacer nuestra vida más bella y auténtica. Es una posibilidad, una puerta abierta, una mano tendida. La elección es tuya.
Del desierto de las tentaciones hemos pasado al monte de la Transfiguración. Jesús ya no está solo: con él están Pedro, Santiago y Juan. El Maestro se revela en toda su gloria y belleza. A los discípulos, que tenían dificultades para aceptar el anuncio de la pasión y la cruz, Jesús les anticipa la meta final de su existencia. Les deja entrever la gloria, pero los discípulos no podrán comprenderla hasta que acepten el misterio de la Cruz.
Junto a esta visión resuena también la Palabra del Padre: «Este es mi Hijo, el amado, en quien tengo puesta mi complacencia. Escuchadle». En todo el Evangelio de Mateo, el Padre solo habla dos veces: aquí y en el bautismo de Jesús. En ambas ocasiones proclama que Jesús es el Hijo amado, el predilecto. Pero en el monte de la Transfiguración añade un elemento decisivo: ¡Escuchadle!
El Padre nos revela así el secreto del camino de la fe: escuchar al Hijo. Se trata de desplazar el centro de gravedad de la vida, de mí mismo a Él. Mi transfiguración comienza cuando dejo de escuchar mis preocupaciones, mis miedos, mis ansiedades, y empiezo a escuchar su voz: esa voz que me llama a salir de mí mismo, a dar la vida, a soñar en grande, a no tener miedo. Para conocer el verdadero amor del Padre no hay mejor camino que dejarse guiar por la voz del Hijo, que nos llama a vivir como hermanos.