La ciudad de Coamo, conocida como la «Villa de San Blas», tiene la singular distinción de contar con dos patronos celestiales cuyas festividades se celebran en fechas contiguas: Nuestra Señora de la Candelaria (2 de febrero) y San Blas de Sebaste (3 de febrero). Esta doble advocación revela una riqueza teológica y devocional que merece ser explorada en profundidad.
La Virgen de la Candelaria: Luz que Ilumina a las Naciones
La festividad de la Candelaria, celebrada cuarenta días después de Navidad, conmemora la Presentación del Niño Jesús en el Templo de Jerusalén, evento narrado por San Lucas (2:22-40). Este episodio representa el cumplimiento de la Ley mosaica que exigía la purificación de la madre y la consagración del primogénito a Dios (Levítico 12:1-8; Éxodo 13:2).
El nombre «Candelaria» proviene de la procesión de candelas o velas encendidas que caracteriza esta celebración litúrgica, simbolizando a Cristo como «luz para iluminar a las naciones», según proclamó el anciano Simeón (Lucas 2:32). La Constitución Apostólica Lumen Gentium (n. 1) del Concilio Vaticano II recoge esta imagen al presentar a la Iglesia como «sacramento universal de salvación» y luz para los pueblos.
La advocación mariana de la Candelaria tiene profundas raíces en la espiritualidad hispánica, especialmente vinculada a las Islas Canarias, de donde muchos colonizadores llegaron a Puerto Rico. La devoción canaria se arraigó profundamente en nuestra isla, convirtiéndose en expresión de la fe del pueblo puertorriqueño.
Teológicamente, esta festividad subraya varios misterios fundamentales: la obediencia de la Sagrada Familia a la Ley, la maternidad divina de María, y la identificación de Jesús como el Mesías esperado. El anciano Simeón reconoce en el Niño la «salvación preparada ante todos los pueblos», mientras que la profetisa Ana «hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén» (Lucas 2:38).
San Blas: Pastor, Mártir y Sanador
San Blas de Sebaste, obispo y mártir del siglo IV, fue una de las figuras más veneradas de la cristiandad oriental y occidental durante la Edad Media. Según la tradición hagiográfica recogida en la Leyenda Áurea de Santiago de la Vorágine, Blas era médico antes de ser consagrado obispo de Sebaste, en la actual Armenia.
Durante la persecución del emperador Licinio, San Blas se retiró a una cueva donde, según la tradición, los animales salvajes le traían alimento y él curaba a los que estaban enfermos. Su fama como sanador se consolidó especialmente por el milagro de salvar a un niño que se estaba ahogando con una espina de pescado atascada en su garganta, razón por la cual se le invoca contra las enfermedades de la garganta.
La bendición de las gargantas en su festividad, utilizando dos velas cruzadas en forma de «V» (recordando la Candelaria del día anterior), es una de las tradiciones más arraigadas en la piedad popular católica. El ritual incluye la oración: «Por intercesión de San Blas, obispo y mártir, te libre Dios del mal de garganta y de cualquier otra enfermedad.»
San Blas representa el ideal del pastor que da la vida por sus ovejas (Juan 10:11). Su martirio durante las persecuciones romanas lo sitúa en la noble tradición de los mártires que, como afirma Tertuliano, fueron «semilla de cristianos» (semen est sanguis Christianorum). El Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2473) señala que el martirio es «el supremo testimonio de la verdad de la fe».
La Unidad de los Copatrones
La proximidad de ambas festividades no es casualidad providencial. Mientras la Candelaria nos presenta a Cristo como Luz del mundo ofrecido en el Templo, San Blas nos muestra al pastor que entrega su vida siguiendo ese mismo Cristo. María, como Madre de la Luz, y Blas, como testigo luminoso del Evangelio, convergen en su testimonio cristológico.
Ambas advocaciones comparten elementos teológicos significativos:
La luz como símbolo central: Las candelas de la Presentación y las velas de la bendición de San Blas remiten a Cristo, quien declara: «Yo soy la luz del mundo» (Juan 8:12). La fe es luz que ilumina toda la existencia humana.
La dimensión sanadora: María es «Salus Infirmorum» (Salud de los Enfermos) en las letanías lauretanas, mientras que San Blas es invocado como sanador. Ambos nos remiten al Cristo médico que «pasó haciendo el bien y curando» (Hechos 10:38).
El testimonio profético: Simeón profetiza a María que «una espada atravesará tu alma» (Lucas 2:35), anticipando su participación en el misterio pascual. San Blas, con su martirio, encarna esta misma entrega hasta el derramamiento de sangre.
Para Coamo, esta doble advocación patronal representa una síntesis de la identidad católica puertorriqueña: la devoción mariana profundamente arraigada en nuestra cultura, unida al testimonio heroico de los santos que nos precedieron en la fe. La Virgen de la Candelaria nos recuerda nuestras raíces hispánicas y canarias, mientras que San Blas nos vincula a la Iglesia universal y a la tradición de los mártires.
La celebración conjunta de estos patronos invita a la comunidad coameña a una doble fidelidad: a la contemplación del misterio de Cristo presentado en el Templo, y al compromiso de dar testimonio valiente de la fe, incluso en medio de las dificultades. Como escribe San Juan Pablo II en Novo Millennio Ineunte (n. 58), estamos llamados a ser «contemplativos en la acción», uniendo la adoración con el servicio.
Los copatrones de Coamo nos ofrecen un programa espiritual completo: contemplar a Cristo Luz del mundo en brazos de su Madre, y testimoniar esa luz con la valentía de los mártires. En palabras del Concilio Vaticano II, María es «tipo y modelo de la Iglesia» (Lumen Gentium 63), mientras que los mártires son «testigos supremos de la verdad evangélica» (Lumen Gentium 42).
Que la intercesión de Nuestra Señora de la Candelaria y de San Blas acompañe siempre a la ciudad de Coamo, manteniéndola fiel a su identidad cristiana y fortaleciendo su testimonio evangelizador en Puerto Rico.