Pentecostés

Pentecostés nos hace habitar dos ciudades: Babel y Jerusalén. Pentecostés nos regala una palabra peligrosa: el entusiasmo. Pentecostés nos regala el Espíritu. Dos ciudades se enfrentan hoy en Pentecostés, dos ciudades distantes en el espacio y en el tiempo, Babel y Jerusalén. Babel, Babilonia: es la ciudad que quiere levantar una torre, un rascacielos, una antena, algo cada vez más alto. Exige una única lengua, es una ciudad que odia otros alfabetos, otras lenguas. Odia la alteridad, exige algo monótono. Parece más sencilla una lengua monótona, para mi uso y consumo exclusivos: en realidad es un auténtico infierno; siempre es un infierno cuando se niega al otro, al Otro. Dios no lo permitirá, no dejará que la monotonía sea el único alfabeto, dispersa a la humanidad que aún hoy habla lenguas monótonas, alfabetos de indiferencia, economías que matan.

La otra ciudad es Jerusalén: aquella tarde de Pentecostés a nadie se le pidió que hablara un único alfabeto, que tuviera una única lengua. Todo lo contrario. Era una polifonía de palabras y de lenguas. Todos se entendían, todos estaban en comunión, a pesar de sus diferentes lenguas, es más, precisamente por sus diferencias. Era fiesta. Fiesta de palabras nuevas, fiesta de lenguas y de polifonía. Me parece que vivimos los días de Babel; días tan intolerantes con el otro; días que respetan muy poco. Días sordos y monótonos: siempre la misma guerra, siempre la misma violencia, siempre la misma torre. No nos queda más que volver a la tarde de Pentecostés, volver a escuchar algo nuevo, nuevos alfabetos por aprender. Un filósofo escribe: «Si habláramos una lengua diferente, percibiríamos algo diferente en el mundo». Aprender un alfabeto nuevo, cuidar las palabras del Espíritu, escuchar la lengua de los demás, la del Otro.

Es una tarde que me devuelve una palabra inmensa: «Entusiasmo». Quiero llevar conmigo esta extraordinaria palabra de Pentecostés. En-tus-iasmo, En Theou Asmòs, en el aliento de Dios. Es el Espíritu, el aliento de Dios, una vida capaz de entusiasmo. Se lo pediré cuando todo me parezca repetitivo, cuando esté cansado y agotado, cuando me parezca que lucho contra molinos de viento. Le pediré al Espíritu su Presencia, le pediré al Espíritu que more en mí. Es el entusiasmo lo que nos mantiene jóvenes, incluso a los noventa años. Es el entusiasmo esa velocidad, esa fuerza interior que nos permite levantarnos, siempre y a pesar de todo. Un poco más de entusiasmo, querida Iglesia: está en juego aquella noche de Pentecostés. Un querido amigo nos pedía a nosotros, la Iglesia, que no siguiéramos repitiendo la palabra «minoría». Nunca somos una minoría, ni siquiera cuando estamos solos en una nación totalmente ajena. Siempre somos una presencia. Y se nos pide la misma presencia de Pentecostés, capaz de entusiasmo, del aliento de Dios.

El Espíritu de Dios es fruto de un cuerpo herido, brotó del último aliento de un hombre agonizante en una cruz. El Espíritu es cuerpo, es presencia viva. ¿Lo sientes? Nos conecta. Las experiencias espirituales están al alcance de todos nosotros, en cada instante. Una conexión espiritual con una ciudad, a partir de celebrar un momento de oración en la iglesia de esa ciudad. Es la experiencia espiritual la que nos permite no ser turistas distraídos, ni curiosos insaciables, sino respirar una conexión profunda con la ciudad misma, nos conecta con la Belleza. Es esa experiencia espiritual la que escribe en nosotros un recuerdo que no se borrará ni se consumirá. Experiencia espiritual en la oración, cuando celebramos la Eucaristía cada domingo: la atención y el cuerpo se funden en uno con el Espíritu. Un amigo me ha señalado el lugar bello de la casa. Suele ser donde hemos colocado una imagen, un icono, un espacio donde reencontramos la conexión con la belleza que hay dentro de nosotros. El lugar bello de nuestra alma: hay que custodiarlo, hay que cultivarlo, hay que despejarlo y dejar que el Espíritu lo habite. No tengas miedo de abrir tu alma, déjalo entrar como un rayo de luz: «Oh luz bienaventurada, invade en lo íntimo el corazón de tus fieles», reza la antigua secuencia de Pentecostés.

Hoy es una solemnidad inmensa, de viento y de alfabetos, de entusiasmo y de Espíritu. Si me preguntan quién es el Espíritu, responderé que es el Otro, con mayúscula. Lo invocaré cuando la palabra «yo» resulte asfixiante, cuando me sienta solo, cuando esté cansado y desmotivado, cuando me pregunte si vale la pena. El Otro que ha entrado en mi vida siempre ha sido mendigo de amor. ¿Lo sientes? ¿Vives esta conexión? Es el Espíritu, es otro distinto de ti.